Empezar a practicar yoga, una forma diferente de trabajar el cuerpo y la mente

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Cuando pensamos por primera vez en el yoga es bastante fácil imaginar algunas de las imágenes que solemos encontrar en redes sociales. Personas realizando posturas complicadas, cuerpos extremadamente flexibles y movimientos que parecen necesitar años de entrenamiento. Esta imagen puede hacer que alguien que nunca ha practicado yoga piense que necesita encontrarse en una determinada condición física antes de comenzar, cuando precisamente una de las ideas que debemos tener claras es que existen diferentes formas de practicar y distintos niveles. Una persona que empieza no tiene por qué realizar exactamente los mismos movimientos que alguien que lleva años practicando.

El yoga moderno suele combinar posturas físicas con ejercicios relacionados con la respiración y la atención. Dependiendo del tipo de clase, algunos movimientos pueden ser tranquilos y mantenerse durante un tiempo, mientras que otras sesiones pueden tener un ritmo bastante más dinámico. Esto hace que resulte difícil hablar del yoga como si fuera una actividad completamente uniforme. Existen estilos diferentes y también profesores con maneras distintas de organizar las sesiones, por lo que nuestra primera experiencia puede cambiar considerablemente dependiendo de la modalidad que escojamos.

También conviene quitarse de la cabeza la idea de que el objetivo consiste en realizar la postura más complicada posible. Podemos comenzar trabajando movimientos sencillos y aprendiendo a reconocer nuestras propias limitaciones. Personalmente, me parece una manera bastante más razonable de acercarnos al yoga porque evita convertir una actividad que debería ayudarnos a conocer nuestro cuerpo en una competición con la persona que tenemos al lado. Cada uno parte de una situación diferente y lo importante es encontrar una práctica que podamos realizar de manera progresiva.

No necesitamos ser flexibles para comenzar a practicar

Una de las frases que más podemos escuchar cuando alguien se plantea probar una clase es que no tiene suficiente flexibilidad para hacer yoga. En realidad, sería algo parecido a decir que no podemos empezar a correr porque todavía no tenemos resistencia. Precisamente practicamos una actividad para trabajar determinadas capacidades y no porque tengamos que dominarlas antes de comenzar. La movilidad puede variar muchísimo entre personas y también puede cambiar dependiendo de nuestra edad, hábitos, actividad física anterior y características individuales.

Durante una clase podemos encontrarnos con movimientos que nos resulten sencillos y otros que nos cuesten bastante más. Quizá una persona tenga facilidad para determinadas posiciones de piernas, pero encuentre mayores dificultades cuando necesita mantener el equilibrio. Otra puede disponer de bastante fuerza y tener menos movilidad en algunas articulaciones. Estas diferencias son completamente normales y explican por qué intentar copiar exactamente aquello que hace otra persona puede no ser la mejor forma de aprender.

Lo importante durante las primeras sesiones es familiarizarnos con los movimientos y comprender que una postura puede tener diferentes variantes. Podemos reducir un recorrido, utilizar determinados apoyos o modificar una posición cuando sea necesario. Con el tiempo iremos conociendo mejor cómo responde nuestro cuerpo. La progresión no siempre será evidente de una semana para otra, pero la constancia permite que determinados movimientos que inicialmente parecían extraños terminen resultándonos mucho más familiares.

Respirar también forma parte de la práctica

Respiramos durante todo el día sin pensar prácticamente nunca en ello. Nuestro organismo realiza esta función automáticamente y solamente solemos prestar atención cuando hacemos un esfuerzo, estamos nerviosos o sentimos que nos falta el aire. En yoga, sin embargo, la respiración puede convertirse en una parte consciente de la sesión y relacionarse con los movimientos que estamos realizando. Esto cambia bastante nuestra manera de afrontar el ejercicio porque no estamos pendientes únicamente de colocar correctamente brazos y piernas.

Prestar atención a la respiración también puede ayudarnos a centrar nuestra atención en aquello que estamos haciendo en ese momento. Durante buena parte del día tenemos la cabeza ocupada con tareas pendientes, mensajes, problemas del trabajo y todo tipo de preocupaciones. Evidentemente, una clase de yoga no hace desaparecer nuestras responsabilidades, pero durante ese tiempo podemos intentar dirigir nuestra atención hacia el movimiento y la respiración. Puede parecer algo muy sencillo hasta que intentamos hacerlo y descubrimos lo fácil que resulta que nuestra mente vuelva continuamente a otros asuntos.

Esto explica por qué muchas personas relacionan el yoga tanto con el cuerpo como con la mente. No necesitamos interpretar esta relación de una manera complicada. Podemos entenderla simplemente como una práctica en la que el movimiento físico se combina con una atención consciente hacia aquello que estamos haciendo. En lugar de completar una serie de ejercicios mientras pensamos en cualquier otra cosa, intentamos estar pendientes de cómo nos movemos, cómo respiramos y qué sensaciones aparecen durante la sesión.

Una clase puede adaptarse a personas con experiencias muy diferentes

Empezar una actividad nueva siempre genera ciertas dudas. Podemos preguntarnos si seremos capaces de seguir el ritmo, si tendremos suficiente movilidad o si el resto del grupo llevará mucho más tiempo practicando. Según cuentan desde Despierta y Entrena, el yoga puede trabajarse mediante sesiones adaptadas a diferentes niveles y características, combinando posturas, movimiento, respiración y atención durante la práctica. Esto ayuda a entender que iniciarse no consiste en dominar una serie de posiciones desde el primer día, sino en aprender progresivamente y conocer cómo responde nuestro propio cuerpo.

Durante las primeras clases resulta especialmente importante escuchar las explicaciones y no tener prisa por llegar más lejos de lo necesario. Si una postura produce una sensación extraña o dolorosa, intentar forzarla simplemente porque otras personas pueden realizarla no tiene demasiado sentido. Un profesor puede ofrecer variaciones y ayudarnos a entender cómo adaptar determinados movimientos. Además, comunicar si tenemos alguna lesión, limitación o circunstancia particular puede ser importante para valorar qué ejercicios necesitan modificarse.

Con el paso de las sesiones también iremos aprendiendo conceptos que inicialmente pueden resultarnos desconocidos. Empezaremos a reconocer determinadas posturas, entenderemos mejor las indicaciones y necesitaremos menos tiempo para colocarnos. Esa familiaridad puede hacer que la experiencia cambie considerablemente. Lo que durante la primera clase requiere toda nuestra concentración puede convertirse después en un movimiento conocido que realizamos con mayor naturalidad, permitiéndonos prestar más atención a otros elementos como la respiración, el equilibrio o las sensaciones corporales.

Fuerza, equilibrio y movilidad pueden aparecer en una misma sesión

Pensar que el yoga consiste únicamente en estirar es simplificar bastante lo que podemos encontrarnos durante una clase. Mantener determinadas posiciones requiere utilizar distintos grupos musculares, controlar el cuerpo y conservar la estabilidad. Algunas posturas pueden parecer sencillas cuando las vemos desde fuera, pero al intentar mantenerlas descubrimos que requieren más esfuerzo del que imaginábamos. Dependiendo del tipo de yoga y del nivel de la sesión, la exigencia física puede variar considerablemente.

El equilibrio también tiene una presencia importante en muchas prácticas. Mantenernos sobre una pierna o cambiar nuestro centro de gravedad obliga al cuerpo a realizar pequeños ajustes constantemente. Al principio podemos perder la posición varias veces y eso forma parte del aprendizaje. No tenemos que interpretar cada pérdida de equilibrio como un error. Simplemente estamos trabajando una capacidad que puede necesitar tiempo y práctica, igual que sucede cuando aprendemos cualquier otra habilidad física.

Entre los aspectos que podemos encontrarnos durante una práctica de yoga están:

  • Movilidad de diferentes zonas del cuerpo.
  • Trabajo de fuerza mediante el propio peso corporal.
  • Equilibrio y estabilidad.
  • Coordinación entre diferentes movimientos.
  • Atención a la respiración.
  • Control corporal durante los cambios de postura.
  • Momentos de relajación y menor intensidad.
  • Concentración en las sensaciones que aparecen durante la sesión.

No todas las clases trabajarán estos elementos con la misma intensidad. Precisamente esa variedad permite encontrar estilos diferentes y adaptar nuestra práctica a aquello que buscamos, siempre teniendo en cuenta nuestras características y posibles limitaciones.

La mente también necesita aprender a bajar el ritmo

Vivimos rodeados de estímulos. Revisamos mensajes mientras desayunamos, pensamos en el trabajo cuando estamos en casa y muchas veces utilizamos nuestros momentos de descanso para continuar mirando una pantalla. En ese contexto puede resultar extraño dedicar un tiempo simplemente a movernos y prestar atención a lo que estamos haciendo. Durante una clase de yoga podemos descubrir que permanecer quietos durante unos minutos resulta incluso más complicado que algunas posturas.

Las investigaciones sobre yoga han estudiado su posible relación con diferentes aspectos del bienestar. Se han observado resultados prometedores en áreas como la gestión del estrés, el bienestar mental y emocional, el sueño y el equilibrio, aunque los resultados pueden variar dependiendo del tipo de práctica y de las características de los estudios. Por eso resulta más prudente hablar de posibles beneficios respaldados en distinta medida por la investigación que presentar el yoga como una solución universal para cualquier problema.

También debemos evitar convertir una actividad física y de atención en un sustituto de tratamientos sanitarios cuando existe un problema médico. Practicar yoga puede formar parte de nuestros hábitos de bienestar, igual que caminar, hacer ejercicio o buscar espacios de descanso, pero si tenemos una lesión, una enfermedad o un problema de salud concreto necesitaremos seguir las indicaciones de los profesionales sanitarios correspondientes. Una cosa no tiene por qué excluir la otra.

Empezar poco a poco suele ser mejor que intentar hacerlo todo desde el primer día

La motivación inicial puede jugarnos una mala pasada. Decidimos comenzar una actividad y queremos practicar todos los días, aprender rápidamente y notar cambios inmediatamente. El problema es que nuestro cuerpo necesita tiempo para adaptarse. Esto ocurre con el yoga y con prácticamente cualquier actividad física. Si pasamos de realizar muy poco ejercicio a exigirnos demasiado en unas pocas sesiones, podemos terminar cansándonos, frustrándonos o incluso haciéndonos daño.

El Centro Nacional de Salud Complementaria e Integral de Estados Unidos considera que el yoga suele ser una actividad segura para personas sanas cuando se practica correctamente, aunque recuerda que también pueden producirse lesiones. Entre sus recomendaciones se encuentran aprender con la orientación de un instructor cualificado y adaptar la práctica cuando existen determinadas condiciones de salud. Esta idea resulta especialmente importante para quienes comienzan porque nos recuerda que avanzar progresivamente no significa estar haciendo menos, sino aprender de una manera más adecuada.

Podemos empezar con una o dos sesiones semanales y observar cómo responde nuestro cuerpo antes de aumentar la frecuencia. También conviene aceptar que habrá días mejores y peores. Quizá una postura que realizamos fácilmente una semana nos resulte más difícil en la siguiente porque estamos cansados o tenemos menos movilidad. Nuestro cuerpo no funciona exactamente igual todos los días y aprender a reconocer estas variaciones también puede formar parte de la práctica. Lo importante es no convertir cada sesión en una prueba que tengamos que superar y permitirnos avanzar a nuestro propio ritmo. Con el paso del tiempo, la regularidad puede ayudarnos a sentirnos más cómodos con los movimientos y a conocer mejor nuestras posibilidades.

Convertir el yoga en un hábito depende más de la constancia que de hacerlo perfecto

Uno de los mayores retos de cualquier actividad física no suele ser empezar, sino continuar. Durante las primeras semanas estamos motivados porque todo resulta nuevo, pero después aparecen compromisos, cansancio y días en los que simplemente no nos apetece movernos. Si queremos mantener el yoga como parte de nuestra rutina, probablemente resulte más útil buscar una frecuencia realista que proponernos objetivos demasiado exigentes que abandonaremos rápidamente.

También ayuda encontrar una modalidad con la que nos sintamos cómodos. No todas las personas buscan exactamente lo mismo. Algunas pueden preferir sesiones tranquilas, mientras que otras disfrutan más de prácticas dinámicas y físicamente exigentes. Probar diferentes opciones puede ayudarnos a descubrir qué tipo de clase encaja mejor con nuestra manera de entender el ejercicio. Al final, resulta mucho más fácil mantener durante meses una actividad que disfrutamos que obligarnos continuamente a realizar algo que no nos gusta.

Empezar a practicar yoga puede ser una forma diferente de acercarnos al movimiento porque nos invita a prestar atención no solamente a cuánto hacemos, sino también a cómo lo hacemos. Podemos trabajar movilidad, equilibrio, fuerza y coordinación mientras aprendemos a observar nuestra respiración y nuestras propias sensaciones. No necesitamos convertirnos en expertos ni realizar posturas espectaculares para aprovechar una sesión. En muchos casos, el verdadero progreso puede encontrarse en algo mucho más sencillo, como movernos con mayor comodidad, conocer mejor nuestros límites y reservar regularmente un momento para apartarnos del ritmo acelerado que suele acompañarnos durante el resto del día.

 

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